domingo, 18 de diciembre de 2022

Canon de las Sagradas Escrituras - Introducción SSEE

La iglesia cristiana, muy temprano en su historia, sintió la necesidad de especificar los libros con los cuales Dios comunicó su voluntad a la humanidad. Esa necesidad se fundamenta en la creencia de que si Dios ha roto el silencio de los tiempos para entablar un diálogo con los seres humanos, debe haber alguna forma adecuada de saber con seguridad dónde se encuentra esa revelación. El canon de la Biblia delimita los libros que los creyentes han considerado como inspirados por Dios para transmitir la revelación divina a la humanidad; es decir, establece los límites entre lo divino y lo humano: presenta la revelación de Dios de forma escrita.

En la tradición judeocristiana, el canon tiene un propósito triple. 
1. Define y conserva la revelación a fin de evitar que se confunda con las reflexiones posteriores en torno a ella. 
2. Tiene el objetivo, además, de impedir que la revelación escrita sufra cambios o alteraciones. 
3. Brinda a los creyentes la oportunidad de estudiar la revelación y vivir de acuerdo con sus principios y estipulaciones.

Es fundamental para la comprensión cristiana del canon tomar en consideración la importancia que la comunidad apostólica y los primeros creyentes dieron a la teología de la inspiración. Con la certeza de que se escribieron ciertos libros bajo la inspiración de Dios, los creyentes seleccionaron y utilizaron una serie de libros, reconociéndoles autoridad ética para orientar sus vidas y decisiones. Esos libros alimentaron la fe de la comunidad, los acompañaron en sus reflexiones y discusiones teológicas y prácticas, y, además, les ofrecieron una norma de vida. Los creyentes, al aceptar el valor inspirado de un libro, lo incluían en el canon; en efecto, lo reconocían como parte de la revelación divina.

1. USO DEL TÉRMINO “CANON”

El término griego kavov es de origen semítico, y su sentido inicial fue el de «caña». Posteriormente, la palabra tomó el significado de «vara larga» o listón para tomar medidas, utilizado por albañiles y carpinteros. El hebreo taneē tiene ese significado (Ezequiel 40:3, 5). El latín y el castellano transcribieron el vocablo griego en «canon». La expresión, además, adquirió un significado metafórico: se empleó para definir las normas o patrones que sirven para regular y medir.

Desde el siglo II de la era cristiana, el término kavov se empleó para referirse a «la regla de fe», al ordenamiento religioso (se empleaba su forma plural «cánones eclesiásticos») y a la parte invariable y fija de la liturgia. En la Edad Media los libros jurídicos de la iglesia se identifican como los «cánones». La Iglesia Católica, además, llama «canon» al catálogo de sus santos, y «canonización» al reconocimiento de la veneración de algunas personas que han llevado vidas piadosas y consagradas al servicio cristiano.

En el siglo IV se empleó la palabra «canon» para determinar no solamente las normas de fe, sino también para referirse propiamente a las Escrituras. El «canon» de la Biblia es el catálogo de libros que se consideran normativos para los creyentes y que, por lo tanto, pertenecen, con todo derecho, a las colecciones incluidas en el Antiguo Testamento y en el Nuevo. Con ese significado específico la palabra fue utilizada posiblemente por primera vez por Atanasio, el obispo de Alejandría, en el año 367. A fines del siglo IV esa acepción de la palabra era común tanto en las iglesias del Oriente como en las del Occidente, como puede constatarse en la lectura de las obras de Gregorio, Priciliano, Rufino, San Agustín y San Jerónimo.

"Quien quiera ver la luz del sol con claridad, debe secarse los ojos" - Atanasio.

2. El canon de la Biblia hebrea

De acuerdo con los diversos relatos evangélicos, Jesús utilizó las Escrituras hebreas para validar su misión, sus palabras y sus obras (véase Marcos 13:14; Lucas 24:32). Los primeros creyentes continuaron esa tradición hermenéutica y utilizaron los textos hebreos—y particularmente sus traducciones al griego—en sus discusiones teológicas y en el desarrollo de sus doctrinas y enseñanzas. De esa forma la iglesia contó, desde su nacimiento, con una serie de escritos de alto valor religioso.

De particular importancia es el uso que Jesús hace del libro del profeta Isaías (61:1–2), según se relata en Lucas 4.18–19. El Señor, luego de leer el texto bíblico, afirmó: «Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros» (Lucas 4:21; RVR). Este relato pone de manifiesto la interpretación cristológica que los primeros cristianos hicieron de las Escrituras hebreas. El objetivo primordial de los documentos judíos, desde el punto de vista cristiano, era corroborar la naturaleza mesiánica de Jesús de Nazaret (Lucas 24:27). De esa forma la Biblia hebrea se convirtió en la primera Biblia cristiana. Con el paso del tiempo, la iglesia le dio el nombre de «Antiguo Testamento», para poner de manifiesto la novedad de la revelación de la persona y misión de Cristo.

Los libros de la Biblia hebrea son 24, divididos en tres grandes secciones:

La primera sección, conocida como Torah («Ley»), contiene los llamados «cinco libros de Moisés»: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.

La segunda división, conocida como Nebiim («Profetas»), se subdivide, a su vez, en dos grupos: (a) «Los profetas anteriores»: Josué, Jueces, Reyes y Samuel; (b) «Los profetas posteriores»: Isaías, Jeremías, Ezequiel y el Libro de los Doce.

La tercera sección de la Biblia hebrea se conoce como Ketubim («Escritos»), e incluye once libros: Salmos, Proverbios y Job; un grupo de cinco libros llamados Megilot («Rollos»)—Cantar de los Cantares, Rut, Lamentaciones, Eclesiastés y Ester—; y finalmente Daniel, Esdras-Nehemías y Crónicas.

Con las iniciales de Torah, Nebiim y Ketubim se ha formado la palabra hebrea Tanak nombre que los judíos usan para referirse a la Biblia hebrea, nuestro Antiguo Testamento.

Los 24 libros de la Biblia hebrea son idénticos a los 39 que se incluyen en el Antiguo Testamento de las Biblias «protestantes»; es decir, las que no contienen los libros deuterocanónicos. La diferencia en numeración se originó cuando se empezó a contar, por separado, cada uno de los doce profetas menores, y cuando se separaron en dos las obras siguientes: Samuel, Reyes, Crónicas y Esdras-Nehemías.

1. Proceso de «canonización»

La teoría, tradicionalmente aceptada, de que las secciones del canon hebreo representan las tres etapas en el proceso de su formación es seriamente cuestionada en la actualidad. Aunque esta hipótesis parezca lógica y razonable, no hay evidencias que la respalden en el Antiguo Testamento o en otros documentos judíos antiguos.

De acuerdo con esa teoría, la Torah fue la primera en ser reconocida como canónica, luego del retorno de los judíos a Judá, al concluir el exilio de Israel en Babilonia (ca. Siglo V a.C.). Posteriormente los Nebiim fueron aceptados en el canon, posiblemente al final del siglo III a.C. Y finalmente, los Ketubim que representan la última sección de la Biblia hebrea—fueron incorporados al canon al final del siglo I d.C., al concluir el llamado «Concilio» de Jamnia.

El reconocimiento de la autoridad religiosa de algunas secciones de las Escrituras hebreas puede verse en el Antiguo Testamento (Éxodo 24:3–7; Deuteronomio 31:26; 2 Reyes 23:1–3; Nehemías 8:1–9:38). Sin embargo, ese reconocimiento de textos como «Palabra de Dios» no revela que la comunidad judía pensara en un cuerpo cerrado de escritos que sirviera de base para el desarrollo religioso y social del pueblo. Incluso algunos profetas reconocían la autoridad y el valor de mensajes proféticos anteriores (cf. Jeremías 7:25 y Ezequiel 38:17). Pero la idea de agrupar las colecciones de dichos y mensajes proféticos en un cuerpo de escritos tomó siglos en hacerse realidad. Posiblemente la primera referencia a una colección de escritos de esa naturaleza se encuentra en Daniel 9:2. Allí se alude a la profecía de Jeremías, referente a la duración del exilio en Babilonia, que encontró entre un grupo de «libros» (Jeremías 25:11-14).

La documentación que reconoce la división tripartita del canon de la Biblia hebrea es variada. En primer lugar, el Talmud Babilónico acepta la autoridad religiosa y la inspiración de los 24 libros de las Escrituras judías. Además, discute el orden de tales libros.

En el prólogo a la traducción del Eclesiástico—también conocido como la Sabiduría de Jesús ben Sira—el nieto de ben Sira, traductor del libro, indica que su abuelo era un estudioso de «la Ley y los Profetas, y los otros libros de nuestros padres». Si esos «otros libros de nuestros padres» son los Ketubim, la obra reconoce, ya en el 132 a.C., el ordenamiento tradicional de la Biblia hebrea.

En el Nuevo Testamento hay otras alusiones a la división de la Biblia hebrea en tres secciones. En uno de los relatos de la resurrección de Jesús, el Evangelio según San Lucas (24:44) indica que el Señor le recordó a los discípulos en Jerusalén lo que de él decían «la ley de Moisés, los profetas y los Salmos». Es importante recordar que los Salmos constituyen el primer libro de los Ketubim, la tercera sección de la Biblia hebrea. Otras referencias a las Escrituras judías en el Nuevo Testamento aluden a «la ley y los profetas» (Mateo 7:12; Romanos 3:21) o simplemente a «la ley» (Juan 10:34; 1 Corintios 14:21).

El descubrimiento de numerosos manuscritos cerca del Mar Muerto ha arrojado gran luz en el estudio y la comprensión de la cuestión del canon entre los judíos de los siglos I a.C. y I d.C. Entre los manuscritos encontrados existen copias de todos los libros de la Biblia, con la posible excepción de Ester. Aunque la gran mayoría de los documentos bíblicos se han encontrado en forma fragmentaria, se han descubierto también varios documentos bíblicos casi completos.

Lamentablemente los qumranitas no dejaron documentación escrita que nos indique con claridad cuáles de los libros que mantenían en sus bibliotecas constituían para ellos parte del canon. Sin embargo, al evaluar las copias de los textos encontrados y analizar sus comentarios bíblicos, podemos indicar, con cierto grado de seguridad, que el canon en Qumrán incluía: la Torah, los Nebiim y los Salmos (posiblemente con algunos salmos adicionales); incluía también los libros de Daniel y de Job.

Posiblemente ya para el comienzo de la era cristiana había un acuerdo básico entre los diferentes grupos judíos respecto a los libros que se reconocían como autoritativos. Lo más probable es que, con relación al canon judío, durante el siglo I d.C. se aceptaban como sagrados los 24 libros de la Tanak(Torah, Nebiim y Ketubim), pero la lista no se fijó de forma permanente hasta el final del siglo II o a comienzos del III de la era cristiana.

Es muy difícil determinar con precisión los criterios que se aplicaron para establecer la canonicidad de los libros. Algunos estudiosos han supuesto que entre los criterios se encontraban el carácter legal del escrito y la idea de que fueran inspirados por Dios. Otros, sin embargo, han indicado que cada libro debía aceptarse de acuerdo con la forma que celebraba o revelaba la manifestación de Dios. Ese criterio brindaba al libro la posibilidad de ser utilizado en el culto.

2. La Septuaginta: el canon griego

Uno de los resultados del exilio de Israel en Babilonia fue el desarrollo de comunidades judías en diversas regiones del mundo conocido. En Alejandría, capital del reino de los Tolomeos, el elemento judío de la población de habla griega era considerable. Y como Judea formaba parte del reino hasta el año 198 a.C., esa presencia judía aumentó con el paso del tiempo.

Luego de varias generaciones, los judíos de Alejandría adoptaron el griego como su idioma diario, dejando el hebreo para cuestiones cúlticas. Para responder adecuadamente a las necesidades religiosas de la comunidad, pronto se vio la necesidad de traducir las Escrituras hebreas al idioma griego. La Torah—o «Pentateuco» como se conoció en griego—fue la primera parte de las Escrituras en ser traducida; posteriormente se tradujeron los Profetas y el resto de los Escritos.

Una leyenda judía, de la cual existen varias versiones, indica que 70 o 72 ancianos fueron llevados a Alejandría desde Jerusalén para traducir el texto hebreo al griego. Esa leyenda dio origen al nombre «Septuaginta» (LXX), con el que generalmente se identifica y conoce la traducción al griego del Antiguo Testamento.

En un documento conocido como la «Carta de Aristeas» se alude y se expande la leyenda. Dicha carta describe cómo los ancianos de Israel finalizaron la traducción del Pentateuco en sólo 72 días; el documento indica, además, que produjeron la versión griega luego de comparaciones, diálogos y reuniones.

Posteriormente se añadieron a la leyenda—en círculos judíos y cristianos—nuevos elementos. Se incorporó la idea de que los ancianos trabajaron aisladamente y, al final, produjeron 72 versiones idénticas. Filón de Alejandría, el famoso filósofo judío, relata cómo los traductores trabajaron de forma independiente y escribieron el mismo texto griego palabra por palabra.

Aunque Filón y Josefo indican que solamente la Torah o el Pentateuco se tradujo al griego, los escritores cristianos añadieron a la leyenda de la Septuaginta la traducción de todo el Antiguo Testamento, contando entre ellos libros que no formaban parte de las Escrituras hebreas. Pseudo-Justino, en el siglo III, incluso indica que vio personalmente las celdas en las cuales trabajaron, por separado, cada uno los traductores de la Septuaginta. Estas adiciones a la antigua leyenda judía revelan el gran aprecio que la iglesia cristiana tenía de la Septuaginta.

De la leyenda judía se desprenden algunos datos de importancia histórica. El Pentateuco fue la primera sección en ser traducida. Los trabajos comenzaron a mediados del siglo III a.C., y es lógico pensar que la traducción se efectuara en Alejandría, lugar que concentraba a la comunidad judía más importante de la diáspora.

El orden de los libros en los manuscritos de la Septuaginta difiere del que se presenta en las Escrituras hebreas. Al final del capítulo se encuentra un diagrama donde se pueden comparar ambas listas. Posiblemente ese orden revela la influencia cristiana sobre el canon. No fueron los judíos de Alejandría los que fijaron el canon griego, sino los cristianos.

Con respecto a los libros y adiciones que se encuentran en la Septuaginta, la nomenclatura en los diversos círculos cristianos no es uniforme. La mayoría de los protestantes denomina esa sección de la Septuaginta como «Apócrifos»; la Iglesia Católica los llama «deuterocanónicos». «Apócrifos», para la comunidad católica, son los libros que no se incluyeron ni en el canon hebreo ni en el griego. Los protestantes los conocen como «pseudoepígrafos».

Los libros deuterocanónicos son los siguientes: Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico (Sabiduría de Jesús ben Sira), Baruc, 1 y 2 Macabeos, Daniel 3.24–90; 13; 14 y Ester 10.4–16.24. La mayor parte de estos textos se conservan únicamente en manuscritos griegos.

3. El Antiguo Testamento griego

La Septuaginta hizo posible que los judíos de habla griega—en la diáspora y, también, en Palestina—tuvieran acceso a los textos sagrados de sus antepasados, en el idioma que podían entender. Además, el texto griego dio la oportunidad a grupos no judíos de estudiar las Escrituras hebreas (Hechos 8:26-40).

La iglesia cristiana se benefició sustancialmente de la traducción de la Septuaginta: la utilizó como su libro santo y lo llamó «Antiguo Testamento». El texto en griego les dio la oportunidad a los cristianos de relacionar el mensaje de Jesús con pasajes de importancia mesiánica (Hechos 7:8); les brindó recursos literarios para citar textos del canon hebreo en las discusiones con los judíos (Hechos 13:17-37; 17:2-3); y jugó un papel fundamental en la predicación del evangelio a los paganos (Hechos 14:8-18; 17:16-32).

El Nuevo Testamento es testigo del uso sistemático de la Septuaginta en la educación, predicación y apologética de los primeros creyentes (cf. Romanos 8:20 y Ec 1.2; 12.8 gr.). Es importante señalar, además, que en las Escrituras cristianas también hay citas y alusiones a las adiciones deuterocanónicas de la Septuaginta (cf. Romanos 1:18-32 y Sabiduría 12–14; cf. Romanos 2.1–11 y Sabiduría 11–15; cf. Hebreos 11.35b-38 con 2 Macabeos 6:18-7:41 y 4 Macabeos 5:3–18:24). El Nuevo Testamento también contiene referencias o alusiones a libros que ni siquiera se encuentran en la Septuaginta (cf. Jud 14–16 y 1 Enoc 1:9).

La gran aceptación de la Septuaginta entre los primeros cristianos hizo que la comunidad judía, con el paso del tiempo, rechazara esa traducción griega como una versión adecuada de las Escrituras hebreas. En discusiones teológicas en torno al nacimiento de Jesús, los cristianos citaban el texto griego de Isaías para indicar que la «virgen», no «la joven», «daría a luz» (cf. Mateo 1:23 e Isaías 7:14 gr.). Además, algunos manuscritos de la Septuaginta incluso contienen adiciones cristianas a textos del Antiguo Testamento (por ejemplo, Salmos 13:95).

Cuando las discusiones teológicas entre judíos y cristianos demandaron un análisis exegético riguroso, la Septuaginta—que en algunas secciones demostraba un estilo libre en la traducción y que, además, se basaba en un texto hebreo antiguo—fue relegada y condenada en los círculos judíos. Posiblemente ese rechazo judío explica el por qué la mayoría de los manuscritos de la Septuaginta que se conservan el día de hoy provengan de grupos cristianos.

Una vez que la comunidad judía rechazó la Septuaginta, se necesitó una versión griega que la sustituyera. Entre esas nuevas traducciones de las Escrituras hebreas al griego se pueden identificar tres: las versiones de Áquila y Símaco, y la revisión de Teodoción. En la famosa Hexapla de Orígenes se encuentran copias de estas traducciones al griego.

Áquila, que era un discípulo del gran rabí Ákiba, produjo una versión extremadamente literal de los textos hebreos. Aunque el vocabulario usado revela dominio del griego, la traducción manifiesta un literalismo extremo y un apego excesivo a las estructuras lingüísticas del texto hebreo. Posiblemente por esas mismas características esta traducción griega sustituyó a la Septuaginta y fue muy popular en círculos judíos por el año 130 d.C.

La traducción de Símaco (c. 170 d.C.) se distingue no sólo por su fidelidad al texto hebreo, sino por el buen uso del idioma griego. De acuerdo con Eusebio y San Jerónimo, Símaco era un judío cristiano ebionita.

Teodoción, de acuerdo con la tradición eclesiástica, era un prosélito que revisó una traducción al griego ya existente, basada en los textos hebreos. Algunos estudiosos piensan que la traducción revisada fue la Septuaginta; otros, sin embargo, opinan que el texto base de Teodoción fue anterior a la versión de los Setenta.

4. La iglesia y el canon del AT.

Una vez que finalizó el período del Nuevo Testamento, la iglesia continuó utilizando la Septuaginta en sus homilías, reflexiones y debates teológicos. Una gran parte de los escritores cristianos de la época utilizaban libremente la Septuaginta y citaban los libros que no se encontraban en el canon hebreo.

La iglesia Occidental, a fines del siglo IV, aceptó un número fijo de libros del Antiguo Testamento, entre los cuales se encuentran algunos deuterocanónicos que aparecen en la Septuaginta. Los teólogos orientales, por su parte, seguían el canon hebreo de las Escrituras. Tanto Orígenes como Atanasio insisten en que se deben aceptar en el canon únicamente los 22 libros del canon judío; y San Jerónimo, con su traducción conocida como «Vulgata Latina», propagó el canon hebreo en la iglesia Occidental.

A través de la historia, la iglesia ha hecho una serie de declaraciones en torno al canon de las Escrituras. Al principio, estas declaraciones se hacían generalmente en forma de decretos disciplinares; posteriormente, en el Concilio de Trento, el tema del canon se abordó de forma directa y dogmática.

El Concilio de Trento se convocó en el año 1545 en el contexto de una serie de controversias con grupos reformados en Europa. Entre los asuntos considerados se encontraba la relación de la Escritura con la tradición y su importancia en la transmisión de la fe cristiana.

En el Concilio de Trento se discutió abiertamente la cuestión del canon, y se promulgó un decreto con el catálogo de libros que estaban en el cuerpo de las Escrituras y tenían autoridad dogmática y moral para los fieles. Se declaró el carácter oficial de la Vulgata Latina, y se promulgó la obligación de interpretar las Escrituras de acuerdo con la tradición de la iglesia, no según el juicio de cada persona. Además, el Concilio aceptó con igual autoridad religiosa y moral los libros protocanónicos y deuterocanónicos, según se encontraban en la Vulgata.

Entre los reformadores siempre hubo serias dudas y reservas en torno a los libros deuterocanónicos. Finalmente, los rechazaron por las polémicas y encuentros con los católicos.

Lutero, en su traducción de 1534, agrupó los libros deuterocanónicos en una sección entre los dos Testamentos, con una nota que indica que son libros «apócrifos», y que aunque su lectura es útil y buena, no se igualan a la Sagrada Escritura. La Biblia de Zürich (1527–29), en la cual participó Zuinglio, relegó los libros deuterocanónicos al último volumen, pues no los consideró canónicos. La Biblia Olivetana (1534–35), que contiene un prólogo de Juan Calvino, incluyó los deuterocanónicos como una sección aparte del resto de los libros que componen el canon. La Iglesia Reformada, en sus confesiones «Galicana» y «Bélgica» no incluyó los deuterocanónicos. En las declaraciones luteranas se prestó cada vez menos atención a los libros deuterocanónicos.

En Inglaterra la situación fue similar al resto de la Europa Reformada. La Biblia de Wyclif (1382) incluyó únicamente el canon hebreo. Y aunque la Biblia de Coverdale (1535) incorpora los deuterocanónicos, en «Los Treinta y Nueve Artículos» de la Iglesia de Inglaterra se dice que esa literatura no debe emplearse para fundamentar ninguna doctrina. La versión «King James» (1611) imprimió los deuterocanónicos entre los Testamentos.

La traducción al castellano de Casiodoro de Reina—publicada en Basilea en 1569—incluía los libros deuterocanónicos, de acuerdo con el orden de la Septuaginta. La posterior revisión de Cipriano de Valera—publicada en Amsterdam en 1602—agrupó los libros deuterocanónicos entre los Testamentos.

La Confesión de Westminster (1647) reaccionó al Concilio de Trento y a las controversias entre católicos y protestantes: afirmó el canon de las Escrituras hebreas. En su declaración sobre el canon, la Confesión indica que los deuterocanónicos—identificados como «Apócrifa»—, por no ser inspirados, no forman parte del canon de la Escritura y, por consiguiente, carecen de autoridad para la iglesia. Indica, además, que pueden leerse únicamente como escritos puramente humanos. De esa forma se definió claramente el canon entre las comunidades cristianas que aceptaban la Confesión de Westminster.

El problema de la aceptación de los apócrifos o deuterocanónicos entre las comunidades cristianas luego de la Reforma se atendió básicamente de tres maneras: 
(1) Los deuterocanónicos se mantenían en la Biblia, pero separados—alguna nota indicaba que estos libros no tenían la misma autoridad que el resto de las Escrituras—; 
(2) De acuerdo con el Concilio de Trento, tanto los libros deuterocanónicos como los protocanónicos se aceptaban en la Biblia con la misma autoridad; 
(3) Basados en la Confesión de Westminster, se incluía en las ediciones de la Biblia únicamente el canon hebreo, que contiene los únicos libros aceptados como autoridad.

Luego de muchas discusiones teológicas y administrativas, la «British and Foreign Bible Society» decidió, en el 1826, publicar Biblias únicamente con el canon hebreo del Antiguo Testamento. La versión Reina-Valera se publicó por primera vez sin los deuterocanónicos en el 1850.

4.3 El canon del Nuevo Testamento

4.3.1 La situación interna de la iglesia

Desde el primer siglo—y de ello tenemos testimonio en los escritos del Nuevo Testamento—los dirigentes cristianos hubieron de enfrentarse a problemas que tenían que ver no sólo con aspectos prácticos de la vida cristiana personal y comunitaria (cuestiones morales y de relaciones personales), sino también con desviaciones doctrinales, resultado de la incomprensión—o de la distorsión intencionada—del significado del evangelio. En varios libros del Nuevo Testamento podemos detectar esta lucha de aquellos primeros escritores cristianos.

Con el pasar del tiempo, los problemas fueron creciendo y haciéndose cada vez más agudos. El acelerado crecimiento del cristianismo contribuyó también a ello, además de otros factores. Entre estos podemos mencionar los siguientes: el natural proceso de transformación desde un movimiento con «mística» y visión hasta una institución que tiene que gastar gran cantidad de energía en resolver sus asuntos internos (el menor de los cuales no era la administración) y en cuidar su supervivencia; el tránsito desde una comunidad perseguida a una comunidad primero tolerada, luego protegida y finalmente asimilada al poder político y capaz de perseguir (o, en otros términos, el paso del cristianismo a la cristiandad); la incorporación a la nueva fe, durante los primeros siglos, de muchas personas que, antes de su conversión, habían sido muy bien formadas de acuerdo con la cultura helenística dominante, no cristiana; la carencia del instrumental ideológico y técnico (además del lexicográfico) para profundizar y expresar, desde adentro de la fe, la inteligencia de esa misma fe; la «oferta» que le hacía al cristianismo el contexto sociocultural, del instrumental ideológico, técnico y lexicográfico provisto por la prevaleciente cultura helenística (sobre todo en el oriente cristiano, donde se elabora, en su primera etapa, la teología cristiana); la entrada al cristianismo (sobre todo en la época constantiniana) de gran número de personas que lo hicieron por razones no «teológicas», sin que hubiera realmente conversión.

Surgen entonces las controversias doctrinales, en algunas de las cuales se vio envuelto todo el mundo cristiano. Por supuesto, no todas suscitaron el mismo interés (algunas estaban circunscritas a una región) ni tenían igual importancia. Pero desde el principio se vio una necesidad imperiosa: la de contar con un corpus propio de libros sagrados que pudieran servir como punto de referencia y como fuente y criterio a la hora de tomar decisiones doctrinales. En otras palabras: hacía falta establecer un canon.

Como es de esperar, la conciencia de esta necesidad no fue algo que irrumpió repentinamente en los círculos cristianos. Es más, los cristianos de los primeros siglos, como ya se indicó, llegaron a considerar que algunos libros que actualmente no forman parte de nuestro Nuevo Testamento sí eran parte del canon. Este hecho es fundamental para entender el panorama que hoy se nos presenta en el marco general del cristianismo, pues no todos los cristianos aceptan el mismo conjunto de libros canónicos.

En líneas anteriores mencionamos algunos de esos libros que fueron citados como fuentes de autoridad por los escritores cristianos. A este respecto, es necesario ampliar nuestra comprensión de aquel período. Esos mismos cristianos, incluidos los autores de los libros que componen el Nuevo Testamento, se sentían en libertad de citar, en sus obras, escritos que no eran parte del canon del Antiguo Testamento, tal como este se acepta hoy por la mayoría de las iglesias protestantes. En efecto, encontramos en el Nuevo Testamento alusiones a textos o historias que pertenecen a los libros deuterocanónicos; aún más, como fuente importante, y no como mero adorno literario, hay citas de libros que pertenecen al grupo de los llamados pseudoepígrafos (o apócrifos, según otra nomenclatura).

Esta libertad de uso, junto al hecho de que los libros sagrados de la primera comunidad cristiana eran los que habían recibido del judaísmo, explica que cuando empiezan a hacerse las primeras listas de los nuevos libros admitidos por la iglesia aparezcan en ellas algunos de los que hoy nos extrañamos… y no aparezcan otros que todas las comunidades cristianas de nuestra época aceptan como canónicos. Veamos, a vuelo de pájaro, los siguientes hechos:

5. Recepción de los libros y autoridad conferida

Los escritos de los apóstoles y de los otros seguidores de Jesús (especialmente la mayoría de aquellos escritos que luego se incluyeron en el conjunto que llamamos Nuevo Testamento) gozaron desde muy temprano de una calurosa recepción y se convirtieron en fuente de autoridad para los escritores cristianos de los años subsiguientes. Cuando se leen los escritos de los Padres apostólicos puede notarse la presencia, en ellos, de la enseñanza apostólica, tal como la conocemos por los libros ahora canónicos. Hay citas, en esos escritos, de todo el Nuevo Testamento, con excepción de los siguientes libros: Filemón, 2 y 3 Juan. Los siguientes se citan muy poco: 2 Pedro, Santiago y Judas.

Algunos tratados de los Padres apostólicos—tratados fundamentalmente pastorales—, por la naturaleza de su contenido, por la autoridad de su autor y por su cercanía temporal y temática a la enseñanza de los apóstoles, gozaron de gran simpatía, prestigio y aceptación. Aun cuando se basaban en lo que habían transmitido los discípulos de Jesús (de ahí el recurrir a las citas de las obras de estos últimos), muy pronto esos mismos escritos comenzaron a ser citados como libros de igual autoridad: los miembros de la comunidad los leían como si fueran parte de las «escrituras cristianas».

​Según wikipedia el Quadrilátero wesleyano o Quadrilateral metodista es una metodología para la reflexión teológica que acredita a John Wesley , líder del movimiento metodista a finales del siglo XVIII. El término mismo fue acuñado por el académico metodista de los Estados Unidos del siglo XX, Albert C. Outler.

Este método basó su enseñanza en cuatro fuentes como base del desarrollo teológico y doctrinal. Estas cuatro fuentes son la escritura, la tradición, la razón y la experiencia cristiana.

6. Definición final del Canon del NT

Los Padres de la iglesia

El período inmediatamente posterior al de los Padres apostólicos se conoce como el de los «Padres de la iglesia». Algunos dividen este período, a su vez, en tres etapas (que no tienen necesariamente secuencia cronológica): 
- La etapa apologética (los Padres apologistas), 
- La polémica y 
- La científica. 
Es entonces cuando recrudecen los problemas doctrinales, tanto por los ataques externos de los enemigos del cristianismo como por dificultades internas, causadas por el sano deseo de profundizar en la inteligencia de la fe y en la comprensión de la enseñanza. De hecho se trata, en este último aspecto, de reducir cada vez más el ámbito del misterio; o sea, de intentar «explicar» todo aquello que pueda ser explicable, incluso después de aceptar la irrupción del misterio o del milagro. Por ejemplo, aceptada, como hecho y como milagro, la encarnación, se buscará explicar cómo se unen las dos naturalezas (humana y divina) en la persona de Jesús. Lo mismo sucede respecto de la persona y la voluntad. Y otro tanto en relación con la doctrina de la Trinidad.

Los esfuerzos fueron múltiples, y variadas las soluciones propuestas. Desafortunadamente, la nuevas relaciones entre el cristianismo y el imperio romano hacen que intereses políticos no sean ajenos a las controversias teológicas.

No es de extrañar, dadas esas circunstancias, que el período nos ofrezca una gran riqueza de producción literaria: amplia y variada, en la que están representados los diferentes bandos teológicos en pugna.

Marción

En el siglo II aparece un personaje de cuya vida tenemos muy pocos datos: Marción. Al parecer, fue excomulgado de la iglesia por su propio padre (quien debió, por tanto, ser obispo). Luego se afilió a la comunidad cristiana de Roma, y también de allí lo expulsaron (probablemente en el 144 d.C. Influido por creencias no cristianas, consideró que el Dios de quien habla el Antiguo Testamento no es el Dios verdadero, por lo que rechazó, en bloque, todos los libros de la Biblia hebrea. Por aquel entonces no se había establecido en la iglesia ningún canon, y por eso bien puede afirmarse que es Marción el primero que define un canon de libros cristianos. Según él, estaba constituido por el Evangelio de Lucas y por diez de las epístolas paulinas (todas menos las cartas pastorales; Hebreos no cuenta). Aun en esos libros que aceptó, Marción hizo recortes, pues consideraba que la iglesia había manipulado el texto y lo había pervertido.

La acción de Marción fue muy significativa. Muchos escritores cristianos lo atacaron. Fue condenado en el 144 d.C. Pero su atrevimiento dio inicio, en cierto sentido, a un proceso que llevaría a la definición de un canon «cerrado». «La polémica contra las pretensiones de los gnósticos de disponer de tradiciones secretas y contra las de Marción de escoger y corregir los textos, rechazando además las Escrituras hebreas, contribuyó a reforzar la conciencia del privilegio que tenían los escritos juzgados como apostólicos, en función de la acogida que obtuvieron entre las principales iglesias y teniendo en cuenta los criterios internos de seriedad y ortodoxia».

Ya por el año 200 d.C. se ha aceptado la idea del canon y se ha compilado una buena parte de su contenido; sin embargo, no hay unidad de criterio en cuanto a la totalidad de los libros que lo componen. Este hecho se percibe muy bien por las dudas y variaciones que se presentan en las listas que se dan en diversas partes donde el cristianismo se había desarrollado.

Taciano

Antes de finales del siglo II, Taciano—que había sido discípulo de Justino Mártir—escribe su Diatessaron (ca. 170 d.C.), que es una armonía de los cuatro evangelios. Este hecho muestra que, para esa fecha, ya se consideraba que los evangelios canónicos eran esos cuatro.

El Fragmento Muratorio

De finales del siglo II o principios del III, es un manuscrito que contiene una lista de libros del Nuevo Testamento, escrita en latín, conocida como el Fragmento Muratorio, por el nombre del anticuario y teólogo que descubrió el documento: Ludovico Antonio Muratori.

En el Fragmento Muratori se mencionan, como libros aceptados, 22 de los que componen nuestra versión del canon del Nuevo Testamento. Faltan los siguientes: Hebreos, Santiago, 1 y 2 de Pedro, 3 de Juan. Pero se añaden, como aceptados, otros dos libros: Apocalipsis de Pedro y Sabiduría de Salomón. Además, se da una lista de obras que fueron rechazadas por la iglesia, por diversas razones.

Orígenes

Por su parte, el gran Orígenes (quien muere alrededor del año 254 d.C.), indica que son aceptados veintiún libros del actual canon de veintisiete; pero hay otros que él cita como «escritura», como la Didajé y la Carta de Bernabé. Luego menciona entre los textos acerca de cuya aceptación algunos dudan, los siguientes: Hebreos, Santiago, Judas, 2 de Pedro, 2 y 3 de Juan, además de otros libros (como la Predicación de Pedro o los Hechos de Pablo).

Eusebio de Cesarea

Eusebio de Cesarea, escribiendo alrededor del año 325 d. C. (Historia eclesiástica iii. 25), dividió en tres clases los libros del Nuevo Testamento que se tenían como canónicos. La primera clase comprendía los “Libros reconocidos”: los cuatro Evangelios, Hechos, 14 epístolas de Pablo (incluso Hebreos), 1 Juan, 1 Pedro y Apocalipsis; la segunda clase incluía los “libros puestos en duda”, que dividía en aquellos que eran “mencionados por muchos”: Santiago, Judas, 2 Pedro, 2 y 3 Juan, y las obras “espurias”: los Hechos de Pablo, el Pastor de Hermas, el Apocalipsis de Pedro, la Epístola de Bernabé, la Didajé, y el Evangelio según los hebreos. En su tercera clase Eusebio colocaba los escritos “absurdos e impíos”, tales como los Evangelios de Pedro, Tomás, Matías, y los Actos de Andrés, Juan, y otros.

Atanasio de Alejandría

Un factor importante para dilucidar la cuestión del canon en la iglesia griega fue la declaración de Atanasio de Alejandría en su 39.a Carta festiva (367 d. C.). Atanasio, como principal dirigente eclesiástico de su tiempo, dijo a sus obispos y al pueblo regido por esos obispos que el canon del Nuevo Testamento consistía de 27 libros. No hizo la crítica de libro alguno ni estableció ninguna diferencia entre los libros. De todas las obras apócrifas sólo mencionó la Didajé y el Pastor de Hermas, y agregó que aunque esos dos libros no pertenecían al canon podrían ser usados para la edificación de los catecúmenos para el bautismo.

Aunque las órdenes de Atanasio sólo tenían fuerza legal en Egipto donde era reconocido como el jefe espiritual, sin embargo su personalidad era tan destacada que toda la iglesia de habla griega recibió la influencia de su veredicto. De esta forma, el canon de Atanasio de 27 libros vino a ser la norma reconocida.

Preparación de las escrituras - Introducción SSEE

Muchos tienen interrogantes respecto del trasfondo de la Biblia, de sus divisiones, y del material usado para su producción. Esta sección le familiarizará con la construcción de ella, y tengo la seguridad de que le dará al lector un mayor aprecio por la Palabra de Dios.

2. 1 Materiales usados en su preparación 

2.1.1 MATERIAL DE ESCRITURA

1. Papiro. El hecho de que no se hayan podido recobrar muchos de los manuscritos antiguos (un manuscrito es una copia a mano de las Escrituras), se debe básicamente a los materiales perecibles empleados para escribir. El material de escritura más común de la antigüedad fue el papiro, que se hacía de la planta denominada papiro. Esta caña crecía en los lugares poco profundos de los lagos y ríos de Egipto y de Siria. Desde el puerto sirio de Biblos se embarcaban grandes cargamentos de papiro. Se supone que la palabra griega para libros (Biblos) proviene del nombre de este puerto.
The Cambridge History of the Bible presenta un relato de la manera en que se preparaba el papiro para escribir:
"Las cañas eran cortadas en tiras de toda su longitud y luego se las reducía a muy finas rebanadas antes de ser golpeadas y prensadas para formar dos capas que se colocaban en ángulo recto una respecto de la otra. Al secarse, la superficie blanquecina se suavizaba con una piedra o con otro implemento. Plinio se refiere a varias cualidades del papiro y se le halla en diversos grosores y superficies antes del período del Nuevo Reino, tiempo en que las hojas eran a menudo muy delgadas y traslúcidas". (1/30)
El fragmento más antiguo de papiro que se conoce data de 2400 A.C. (Harold J. Greenlee, Introduction to New Testament Textual Cristicism, William B. Eerdmans Publishing Company, derechos reservados 1964)
Los primeros manuscritos se hicieron en papiro y habría sido difícil que sobrevivieran excepto en zonas secas tales como las arenas de Egipto o en cavernas similares a las de Qumran, en donde se descubrieron los rollos del Mar Muerto.
El papiro estaba en pleno uso hasta alrededor del s. III DC.

2. Pergamino. Este era el nombre que se daba a las "pieles curtidas de ovejas, cabras, antílopes, y otros animales". Estas pieles eran desprovistas del pelo y se las rasqueteaba, con el fin de producir un material de escribir más durable. F.F. Bruce escribe que "la palabra 'pergamino' proviene del nombre de la ciudad de Pérgamo, en Asia Menor, pues la producción de este material de escritura estuvo asociada durante algún tiempo con aquel lugar"
El uso de los pergaminos entre los cristianos tuvo sus inicios en la primera mitad del s. IV DC. hasta que apareció el papel.

3. Vitela. Era el nombre que se le daba al cuero de ternero. A menudo la vitela se teñía de color púrpura. Algunos de los manuscritos que se conservan en la actualidad son de vitela púrpura. La escritura sobre vitela teñida era generalmente de color dorado o plateado. Harold Greenlee dice que los más antiguos rollos de cuero datan de alrededor del 1500 A.C.

4. Otros materiales de escritura.
4.1 Ostraca. Esta era alfarería sin vidriar, muy común entre el pueblo. El nombre técnico es "tiesto" o "cacharro", y se le ha encontrado en abundancia en Egipto y Palestina (Job 2:8).
4.2 Inscripciones en piedra. Se hacían inscripciones en piedra con una "pluma de hierro".
4.3 Tablillas de arcilla. Se inscribían con un instrumento agudo y luego se secaban con el fin de que el registro quedara en forma permanente (Jeremías 17:13, Ezequiel 4:1). De todos los materiales de escritura éste era el más barato y uno de los más durables.
4.4 Tablillas de cera. Se empleaba un estilete metálico sobre un trozo de madera plana recubierta con cera.

2.1.2 INSTRUMENTOS USADOS PARA ESCRIBIR

1. Cincel. Instrumento de hierro para grabar en piedra.
2. Estilo metálico. "Instrumento de cabeza plana y con forma de cuña, el estilo se usaba para hacer inscripciones en arcilla y en tablillas de cera"
3. Pluma. Una caña con punta "era hecha de juncos (juncus maritimis) de 15 a 40 centímetro de largo, quedando el extremo cortado en forma de cincel con el fin de poder hacer inscripciones con forma gruesa o delgada, con los lados ancho o angosto de la misma. La pluma de caña estaba en uso desde comienzos del primer milenio en Mesopotamia, desde donde muy bien pudo ser adoptada, en tanto que la idea de usar una pluma de ave parece haber provenido de los griegos en el s. III AC" (Jeremías 8:8). Se usó pluma sobre vitela, pergamino y papiro.
4. La tinta era generalmente un compuesto de "carbón, goma y agua".

2.2 Forma de los libros antiguos
A. ROLLOS. Se hacían pegando hojas de papiro unas con otras y luego enrollando largas tiras alrededor de un palo. El tamaño del rollo estaba limitado por la dificultad en usar el rollo. La escritura se hacía usualmente por un solo lado. Un rollo escrito por ambos lados recibe el nombre de "opistógrafo" (Apocalipsis 5:1). Se tiene conocimiento de rollos que medían 48 metros de largo. El rollo promedio medía alrededor de 7 a 12 metros.
No es de extrañarse que Calímaco, un catalogador profesional de libros de la biblioteca de Alejandría, dijera que "un gran libro es una gran molestia" (5/5)
B. FORMA DE CODICE O DE LIBRO. Con el fin de facilitar la lectura y reducir el bulto, las hojas de papiro se disponían en forma de un libro y se escribían por ambos lados. Greenlee dice que el cristianismo fue la principal razón por la cual se desarrolló la forma de códice o de libro.
- Los autores clásicos escribieron sobre rollos de papiro hasta alrededor del siglo tercero dC.

2.3 Tipos de escritura

1. ESCRITURA UNCIAL era la que usaba letras mayúsculas, las que eran dibujadas con sumo cuidado. Los caracteres unciales se usaron hasta el s. IX en manuscritos del NT. Son designados con números arábigos precedidos de un 0. Algunos son conocidos también por las letras latinas, griegas o hebreas. Los manuscritos unciales mas importantes son:

01 = א Códice Sinaítico. Escrito en la primera mitad del s. IV. Contiene el AT y NT además de la carta de Bernabé y el Pastor de Hermas. Presenta cuatro columnas por página (43 x 37,8 cm.). Fue descubierto por Tischendorf en el Monasterio de Santa Catalina en el Sinaí. Regalado al zar de Rusia, fue adquirido por el Museo Británico en 1953. Es uno de los testimonios más importantes del texto del NT. Su texto es generalmente alejandrino. Entre sus características destacan el emplazamiento del final de Marcos en 16:8; la omisión del episodio de la mujer adúltera (Juan 7:52-8:11) y la situación de la doxologia de Romanos tras 16:23.
Véase 
https://historia.nationalgeographic.com.es/a/el-codice-sinaitico-la-biblia-mas-antigua-del-mundo_19059

02 = A. Códice Alejandrino (en el Museo Británico) de comienzos del s. V. Contenía la Biblia griega en su totalidad, además de 1, 2 Clem y Salmos de Salomón. Faltan pasajes de Mateo, Juan y 1 Corintios. Esta escrito a dos columnas por página.

03 = B. Códice Vaticano (en la Biblioteca Vaticana) de comienzos del s. IV. Contenía el texto íntegro de la Biblia griega. En el texto actual se han perdido pasajes de Genesis, 2 Samuel, Salmos, Hebreos, las cartas pastorales y Apocalipsis. Tenía 920 hojas, con dos columnas por hoja en los textos poéticos y tres en los demás.

04 = Códice Efren. Rescripto o códice palimpsesto de San Efren (Paris), de comienzos del s. V. el palimpsesto procede del s. XII. Contenía toda la Biblia, pero del texto del AT se conserva únicamente el correspondiente a los libros de Job, Proverbios, Eclesiastés y Cantares, y del NT se conserva parte de todos los libros, excepto de 2 Tesalonicenses y 2 Juan. Contiene 209 hojas, con una columna por hoja.

05 = D. Codex Bezae (Cambridge). Es el códice bilingüe, grecolatino, mas antiguo conservado. Procede del s. V o VI. Contiene los evangelios y Hechos, los primeros en el orden llamado occidental: Mateo-Juan-Lucas-Marcos. Tenía 510 o más hojas, el texto griego en la pagina izquierda y el latino en la derecha.

2. ESCRITURA MINUSCULA se denominan minúsculos los manuscritos escritos en caracteres cursivos o minúsculos. Se extienden desde el s. IX hasta la época de la invención de la imprenta. Como en el caso de los unciales, los minúsculos mas antiguos están escritos con mayor cuidado y menor ornato. Se conocen ahora mas de 2792 mss. minúsculos. Se les designa con número arábigo. Ej. El manuscrito 1 contiene evangelios, hechos de los apóstoles y cartas de Pablo del s. XII; el ms. 13 contiene evangelios del s. XIII; el ms. 94 contiene Apocalipsis del s. XII.

Los manuscritos hebreo y griego (unciales) fueron escritos sin separación entre palabras (el hebreo se escribió sin vocales hasta el año 900 dC., cuando aparecen los masoretas).

Génesis 1:1 
SOIDOERCOIPICNIRPLENEARREITALYSOLEICSOL 
Hebreo - De derecha a izquierda con pequeños espacios o marcas entre palabras
Juan 1:1 EN EL PRINCIPIO ERA EL VERBO Y EL VERBO ERA CON DIOS Y EL VERBO ERA DIOS
Griego - De izquierda a derecha y sin espacios entre palabras.

Bruce Metzger (The Text of the New Testament, Oxford University Press, 1968) responde a aquellos que hablan de las dificultades de un texto continuo:
“No debe pensarse, sin embargo, que tales ambigüedades ocurren muy a menudo en el griego. En ese idioma es una regla, con muy pocas excepciones, que las palabras nativas griegas terminan únicamente en una vocal (o en un diptongo) o en una de tres consonantes: v, p, s. Además, no debe suponerse que la scriptio continua presentara dificultades excepcionales para la lectura, pues aparentemente era costumbre en la antigüedad leer en voz alta, aun cuando se estuviera solo. De modo que a pesar de la ausencia de espacio entre las palabras, por el hecho de pronunciar para sí lo que se leía, sílaba tras sílaba, uno pronto se acostumbraba a leer la scriptio continua”

2.4. La Biblia. Datos curiosos.
El número de palabras de la Biblia varía, según la versión y el idioma, entre 773.692 y 783.137.
La Biblia ortodoxa consta de 1.347 capítulos; la católica romana de 1329 y la protestante de 1.189. 260 de la cuales constituyen el NT.
El capítulo más corto de la Biblia es el Salmo 117 (sólo dos versículos), y el capítulo más largo es el Salmo 119 (176 versículos).
El libro más corto de la Biblia es, 2 Juan (13 versículos), seguido por 3 Juan (15 versículos), Abdías (21 versículos) y Judas (25 versículos).
Los versículos más cortos de la Biblia son: Éxodo 20:13 “No matarás”; Éxodo 20:15 “No robarás” y Juan 11:35 “Jesús lloró”. 
El más largo es Ester 8:9 “Entonces fueron llamados los escribanos del rey en el mes tercero, que es Siván, a los veintitrés días de ese mes; y se escribió conforme a todo lo que mandó Mardoqueo, a los judíos, a los sátrapas, a los capitanes y a los príncipes de las provincias, desde la India hasta Etiopía, a las ciento veintisiete provincias; a cada provincia según su escritura, y a cada pueblo conforme a su lengua, y también a los judíos según su escritura y su lengua”

3. Divisiones
LIBROS

3.1 CAPITULOS 
Las primeras divisiones (586 AC) se le hicieron al Pentateuco. 154 agrupaciones (sedarim) para facilitar su lectura en un plan de tres años.
Cincuenta años más tarde se le seccionó en 54 divisones (parashiyyoth) y en 669 segmentos más pequeños para facilitar la ubicación de referencias. Estas se usaron en un ciclo de lecturas de un año.
Los griegos hicieron divisiones alrededor del año 250 DC. El más antiguo sistema de división en capítulos data del año 350 DC. aproximadamente, en los márgenes del Códice Vaticano.
Geisler y Nix escribieron que “no fue sino hasta el siglo XIII que estas secciones fueron cambiadas… Esteban Langton, profesor de la Universidad de París, y más tarde Arzobispo de Canterbury, dividió la Biblia según la moderna división en capítulos (c. 1227)”. Los libreros de París, introducen estas divisiones en capítulos en el texto bíblico, dando lugar a la que se conoce como la Biblia Parisina. Desde entonces esta división se hizo universal.

3.2 VERSICULOS. 
Los primeros indicadores de versículos variaron desde el uso de espacios entre palabras, hasta letras o números. No se usaron sistemáticamente de manera universal. Roberto Estienne (Stephanus) popularizó el uso de la numeración de versículos para toda la Biblia. Para los libros protocanónicos del AT adoptó la división del dominico italiano de finales del s. XV, Sanctes Pagninus. Y para los deutorocanónicos y todo el NT elaboró una nueva división. Se cuenta que este trabajo lo realizó en el transcurso de un viaje a caballo de París a Lión. En 1551 publicó el NT griego donde ofrece por primera vez el sistema de división de texto en versículos, utilizado desde entonces en todas las ediciones.
La Biblia contiene actualmente 1.189 capítulos y 31.103 versículos.
La Vulgata Latina fue la primera Biblia que incorporó la división tanto en capítulos como en versículos en el Antiguo y Nuevo Testamento.

domingo, 11 de diciembre de 2022

Religiones comparadas

 "Satanás estaba tratando de privar a los hombres del conocimiento de Dios, de desviar su atención del templo de Dios, y establecer su propio reino. Su contienda por la supremacía había parecido tener casi completo éxito. Es cierto que en toda generación Dios había tenido sus agentes. Aun entre los paganos, había hombres por medio de quienes Cristo estaba obrando para elevar el pueblo de su pecado y degradación. Pero eran despreciados y odiados. A muchos se les había dado muerte. La obscura sombra que Satanás había echado sobre el mundo se volvía cada vez más densa... Mediante el paganismo, Satanás había apartado de Dios a los hombres durante muchos siglos; pero al pervertir la fe de Israel había obtenido su mayor triunfo. Al contemplar y adorar sus propias concepciones, los paganos habían perdido el conocimiento de Dios, y se habían ido corrompiendo cada vez más. Así había sucedido también con Israel. El principio de que el hombre puede salvarse por sus obras, que es fundamento de toda religión pagana, era ya principio de la religión judaica. Satanás lo había implantado; y doquiera se lo adopte, los hombres no tienen defensa contra el pecado (DTG, 26).





Los engaños del tiempo del fin

“Merced a los dos grandes errores, el de la inmortalidad del alma y el de la santidad del domingo, Satanás someterá a la gente bajo sus engaños. Mientras el primero pone el fundamento del espiritismo, el segundo crea un lazo de simpatía con Roma” (CS, 574).

I. EL MISTICISMO

Las fuertes oleadas del misticismo han inundado nuestro mundo. La palabra “misticismo” es un término complejo que encierra una gran variedad de ideas. Desde una perspectiva religiosa, la palabra implica la unión de la persona con lo divino o absoluto en algún tipo de experiencia espiritual, o trance. Esto caracteriza la experiencia de adoración de ciertas iglesias, inclusive. Los fenómenos pueden variar en forma e intensidad, pero la tendencia siempre es a reemplazar la autoridad de la Palabra escrita de Dios por las experiencias subjetivas individuales. Sea como fuere, la Biblia pierde gran parte de su función doctrinal y el cristiano se vuelve vulnerable a sus propias experiencias. Este tipo de religión subjetiva no ofrece una protección contra ningún engaño, especialmente los del tiempo del fin.

Lee Mateo 7:21 al 27. A la luz de estas palabras de Jesús, ¿qué significa construir nuestra casa espiritual “sobre la roca” y construirla “sobre la arena”?

Existe una fuerte tendencia en el mundo cristiano posmoderno a minimizar la relevancia de las doctrinas bíblicas, y a considerarlas tediosos ecos de una forma obsoleta de religión. En este proceso, la persona de Cristo reemplaza artificialmente a las enseñanzas de Cristo, al argumentar, por ejemplo, que una u otra historia bíblica no puede ser cierta porque Jesús, como ellos lo perciben, nunca hubiera permitido que eso sucediera como está escrito. Los sentimientos y el gusto personales terminan siendo el criterio para interpretar las Escrituras o hasta para rechazar de plano lo que la Biblia enseña claramente, con frecuencia sobre la obediencia a Dios, lo que, como enseñó Jesús, es esencial para construir una casa sobre la roca.

Quienes piensan que no importa lo que ellos crean doctrinalmente mientras crean en Jesucristo, están en terreno peligroso. Los inquisidores romanos que condenaron a muerte a un sinnúmero de protestantes creían en Jesucristo. Quienes habían “echa[do] fuera demonios” en el nombre de Cristo (Mat. 7:22) creían en él. “La teoría según la cual nada importa lo que los hombres creen, es uno de los engaños que más éxito da a Satanás. Bien sabe él que la verdad recibida con amor santifica el alma del que la recibe; de aquí que trate siempre de sustituirla con falsas teorías, con fábulas y con otro evangelio” (CS 511).

"Cierta opinión espuria se está diseminando ahora por todas partes con respecto al amor de Jesús, es a saber, que debemos permanecer en su amor, y que todo lo que necesitamos es tener fe en él. Pero esas almas deben ser instruidas de tal modo que lleguen a saber que cuando el amor de Jesús se halla en el corazón, nos inducirá a la humildad de vida y a la obediencia a todos sus mandamientos. “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él”. 1 Juan 2:4. El amor de Jesús que no pasa de los labios no salvará a nadie, y será en cambio un gran engaño…

Los que rechazan la verdad de la Biblia lo hacen con el pretexto de amar a Jesús. Los que aman a Jesús manifestarán su amor siendo hijos obedientes. Serán hacedores de la Palabra, y no meros oidores. No andarán diciendo continuamente: “Todo lo que tenemos que hacer es creer en Jesús”. Esto es verdad cuando se lo entiende en su pleno sentido; pero ellos no comprenden, no aceptan ese pleno sentido. Creer en Jesús significa aceptarlo como Redentor, como Modelo. Todos los que aman a Jesús deben seguir su ejemplo. Deben relacionarse con Jesús tan íntimamente como el pámpano con la vid viviente" (CCD,  297).

La naturaleza humana es vacilante. Los hombres captan la verdad con su capacidad de percepción, pero rehúsan apartarse del mundo. No consienten en ser el pueblo especial de Dios. Conocen la verdad de la Biblia, pero no desean obedecerla y se apartan de ella. Ejercitan su incredulidad y las tinieblas descienden sobre sus almas. Por haber escogido su camino se los deja para que sean llenados con sus propias inclinaciones. La verdad es insultada, Cristo es ignorado y su suerte será la perdición, a menos que retomen y se arrepientan (Alza tus ojos, 16).

El sentimiento y la fe son tan distintos uno del otro como lo es el este del oeste. La fe no depende de los sentimientos. Debiéramos dedicarnos diariamente a Dios, y creer que Cristo comprende y acepta el sacrificio, sin examinarnos a nosotros mismos, para ver si tenemos ese grado de sentimientos que pensamos que debe corresponder a nuestra fe. ¿No tenemos la seguridad de que nuestro Padre celestial está más dispuesto a dar su Espíritu Santo a aquellos que lo piden con fe de lo que los padres lo están para dar buenos dones a sus hijos? Debiéramos avanzar como si oyéramos la respuesta de Dios, de Aquel cuyas promesas nunca fallan, dada a la oración enviada a su trono. Cuando hagamos esto, las nieblas y las nubes serán disipadas, y pasaremos de las sombras de las tinieblas a la clara luz de su presencia (2MCP, 556).

¿Cómo podemos luchar contra la tendencia humana de permitir que nuestras emociones y deseos nos impulsen a hacer cosas contrarias a la Palabra de Dios?

II. ECM (EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE)

Algunos de los argumentos modernos más populares para “demostrar” la teoría de la inmortalidad natural del alma son las “experiencias cercanas a la muerte”. En su libro Vida después de la vida: Nuevas investigaciones sobre el fenómeno de la supervivencia tras la muerte física, Raymond A. Moody (h) presentó los resultados de un estudio de cinco años en más de cien personas que experimentaron “muerte clínica” y revivieron. Estas personas afirmaron haber visto a un ser de luz amoroso y cálido antes de volver a la vida. A esto se lo ha considerado una “evidencia emocionante de la supervivencia del espíritu humano más allá de la muerte” (contraportada). Con los años, se han publicado muchos otros libros similares que promueven la misma idea. (Ver la lección 2.)

Lee los relatos de la resurrección de 1 Reyes 17:22 al 24; 2 Reyes 4:34 al 37; Marcos 5:41 al 43; Lucas 7:14 al 17; y Juan 11:40 al 44. ¿Cuántos de ellos hablan de algún tipo de existencia consciente en la muerte por parte de los que resucitaron y por qué es importante esa respuesta?

Todas las experiencias cercanas a la muerte informadas en la literatura moderna pertenecen a personas consideradas clínicamente muertas, pero no realmente muertas; en contraste con Lázaro, quien estuvo muerto durante cuatro días y cuyo cadáver ya se estaba corrompiendo (Juan 11:39). Ni Lázaro ni ninguno de los resucitados de entre los muertos en los tiempos bíblicos mencionaron alguna experiencia en el más allá, ya sea en el paraíso, en el purgatorio o en el infierno. Por supuesto, este argumento parte del silencio, ¡pero concuerda plenamente con las enseñanzas bíblicas sobre el estado inconsciente de los muertos!

Pero ¿qué sucede con las experiencias “cercanas a la muerte” que se exponen tan comúnmente hoy? Si aceptamos la enseñanza bíblica de la inconsciencia de los muertos (Job 3:11-13; Sal. 115:17; 146:4; Ecl. 9:10), entonces básicamente nos quedan dos posibilidades: o es una alucinación psicoquímica natural bajo condiciones extremas; o puede ser una experiencia satánica, engañosa y sobrenatural (2 Cor. 11:14). 

De hecho, el engaño satánico podría ser la explicación, ¡especialmente porque en algunos casos estas personas afirman haber hablado con sus parientes muertos! Pero podría ser una combinación de ambos factores.

El príncipe de las tinieblas, que por tanto tiempo ha estado empleando los poderes de su inteligencia superior en la obra de engaño, adapta hábilmente sus tentaciones a los hombres de todas las clases y condiciones. A las personas cultas y refinadas les presenta el espiritismo bajo sus aspectos más sutiles e intelectuales, y así consigue atraer a muchos a sus redes. La sabiduría que comunica el espiritismo es la que describe el apóstol Santiago, la cual “no es la que desciende de lo alto, sino terrena, animal, diabólica”. Santiago 3:15. Y esto es, precisamente, lo que encubre el gran seductor cuando el sigilo es lo que más conviene a sus fines. El que, vestido con el brillo de celestiales serafines, pudo aparecer ante Cristo para tentarle en el desierto, suele presentarse también a los hombres del modo más atractivo, cual si fuere ángel de luz. Apela a la razón por la presentación de temas elevados; deleita los sentidos con escenas que cautivan y conquistan los afectos por medio de imágenes elocuentes de amor y caridad. Excita la imaginación en sublimes arrebatos e induce a los hombres a enorgullecerse tanto de su propia sabiduría, que en el fondo de su corazón desprecian al Dios eterno. Ese ser poderoso que pudo transportar al Redentor del mundo a un altísimo monte y poner ante su vista todos los reinos y la gloria de la tierra, presentará sus tentaciones a los hombres y pervertirá los sentidos de todos los que no estén protegidos por el poder divino (CS, 541, 542).

La sola palabra hechicería ahora provoca desprecio. La pretensión de que los hombres puedan comunicarse con los espíritus se considera una fábula de la Edad Media. Pero el espiritismo, ese engaño colosal cuyos conversos se cuentan por centenares de miles, e incluso de millones, que ha incursionado en los círculos científicos, que ha invadido las iglesias, que ha sido recibido en los cuerpos legislativos e incluso en las cortes de los reyes, es solo un reavivamiento, con un nuevo disfraz, de la hechicería condenada y prohibida en la antigüedad (HR, 414).

Con este engaño generalizado, y tan convincente para muchos, es crucial que nos apeguemos firmemente a la enseñanza de la Palabra de Dios, a pesar de cualquier experiencia que nosotros u otros podamos tener que vaya en contra de lo que enseña la Biblia.

Qué interesante es que las ECM muchas veces ahora conlleven la insignia de “ciencia”. ¿Qué nos enseña esto acerca de cuán cuidadosos debemos ser incluso con las cosas que la ciencia supuestamente “demuestra”?

III. LA REENCARNACIÓN

La noción pagana de un alma inmortal brinda la base para la teoría antibíblica de la reencarnación, o transmigración del alma. Algunas de las principales religiones del mundo han adoptado esta teoría. Si bien la mayoría de los cristianos cree en la existencia de un alma inmortal que habita permanentemente en un cielo o un infierno después de la muerte, los que creen en la reencarnación sostienen que esa alma inmortal pasa por muchos ciclos de muerte y renacimiento del cuerpo aquí, en la Tierra.

Algunos piensan que la reencarnación es un proceso de evolución espiritual que permite que el espíritu alcance niveles cada vez mayores de conocimiento y moralidad en su viaje hacia la perfección. Los hindúes creen que el alma eterna pasa por una progresión de conciencia, o “samsara”, en seis clases de vida: acuáticos, plantas, reptiles e insectos, aves, animales y seres humanos, incluyendo a los ciudadanos del cielo.

Lee Hebreos 9:25 al 28 y 1 Pedro 3:18. Si Jesús murió solo “una sola vez” (Heb. 9:28; 1 Ped. 3:18), y de la misma manera todos los seres humanos mueren “una sola vez” (Heb. 9:27), ¿por qué incluso algunos que alegan ser cristianos creen en alguna forma de reencarnación?

Muchos creen no en lo que deberían creer, sino en lo que quieren creer. Si una teoría les brinda paz existencial y consuelo, para ellos eso es suficiente para resolver el debate. Pero, para quienes se toman la Biblia en serio, no es posible aceptar la teoría de la reencarnación.

Satanás seduce hoy día a los hombres como sedujo a Eva en el Edén, lisonjeándolos, alentando en ellos el deseo de conocimientos prohibidos y despertando en ellos la ambición de exaltarse a sí mismos. Fue alimentando esos males como cayó él mismo, y por ellos trata de acarrear la ruina de los hombres. “Y seréis como Dios —dijo él—, conocedores del bien y del mal”. Génesis 3:5 (VM). El espiritismo enseña “que el hombre es un ser susceptible de adelanto; que su destino consiste en progresar desde su nacimiento, aun hasta la eternidad, hacia la divinidad”. Y además que “cada inteligencia se juzgará a sí misma y no será juzgada por otra”. “El juicio será justo, porque será el juicio que uno haga de sí mismo […]. El tribunal está interiormente en vosotros”. Un maestro espiritista dijo que cuando “la conciencia espiritual” se despertó en él: “Todos mis semejantes eran semidioses no caídos”. Y otro dice: “Todo ser justo y perfecto es Cristo”.

Así, en lugar de la justicia y perfección del Dios infinito que es el verdadero objeto de la adoración; en lugar de la justicia perfecta de la ley, que es el verdadero modelo de la perfección humana, Satanás ha colocado la naturaleza pecadora del hombre sujeto al error, como único objeto de adoración, única regla del juicio o modelo del carácter. Eso no es progreso, sino retroceso (El conflicto de los siglos, p. 542).
1. Esta teoría contradice las enseñanzas bíblicas de la mortalidad del “alma” y la resurrección del cuerpo (1 Tes. 4:13-18).

2. Niega la doctrina de la salvación por gracia mediante la fe en la obra redentora de Jesucristo (Efe. 2:8-10), y la reemplaza por obras humanas.

3. La teoría contradice la enseñanza bíblica de que las decisiones que tomamos en esta vida deciden nuestro destino eterno (Mat. 22:1-14; 25:31-46).

4. Esta teoría minimiza el significado y la relevancia de la segunda venida de Cristo (Juan 14:1-3).

5. La teoría propone oportunidades después de la muerte para que alguien todavía supere los escollos de su vida, lo cual no es bíblico (Heb. 9:27).

"Satanás estaba tratando de privar a los hombres del conocimiento de Dios, de desviar su atención del templo de Dios, y establecer su propio reino. Su contienda por la supremacía había parecido tener casi completo éxito. Es cierto que en toda generación Dios había tenido sus agentes. Aun entre los paganos, había hombres por medio de quienes Cristo estaba obrando para elevar el pueblo de su pecado y degradación. Pero eran despreciados y odiados. A muchos se les había dado muerte. La obscura sombra que Satanás había echado sobre el mundo se volvía cada vez más densa.

Mediante el paganismo, Satanás había apartado de Dios a los hombres durante muchos siglos; pero al pervertir la fe de Israel había obtenido su mayor triunfo. Al contemplar y adorar sus propias concepciones, los paganos habían perdido el conocimiento de Dios, y se habían ido corrompiendo cada vez más. Así había sucedido también con Israel. El principio de que el hombre puede salvarse por sus obras, que es fundamento de toda religión pagana, era ya principio de la religión judaica. Satanás lo había implantado; y doquiera se lo adopte, los hombres no tienen defensa contra el pecado (DTG, 26).

En resumen, no hay lugar para la idea de la reencarnación en la fe cristiana.

IV. CULTO A LA NIGROMANCIA Y A LOS ANTEPASADOS

La palabra “nigromancia” deriva de los términos griegos nekros (muerto) y manteia (adivinación). Practicada desde la antigüedad, la nigromancia es una forma de convocar a los supuestos espíritus activos de los muertos para adquirir conocimiento, a menudo sobre acontecimientos futuros. En tanto, el culto a los antepasados es la costumbre de venerar a los antepasados fallecidos porque todavía se los considera familia y porque sus espíritus pueden influir sobre los asuntos de los vivos. Estas prácticas paganas pueden resultar muy atractivas para quienes creen en un alma inmortal y que también extrañan a sus seres queridos fallecidos.

Lee 1 Samuel 28:3 al 25. ¿Qué lecciones espirituales contra cualquier supuesta comunicación con los muertos se pueden extraer de la experiencia de Saúl con la adivina de Endor?

La Biblia expone muy claramente que todos los espiritistas, médiums, hechiceros y nigromantes que hubieran en el pueblo de Israel eran abominaciones a Jehová y debían morir apedreados (Lev. 19:31; 20:6, 27; Deut. 18:9-14). De conformidad con esta ley, Saúl había destruido a todos los médiums y espiritistas de Israel (1 Sam. 28:3, 9).

Pero luego, después de que Dios lo rechazara, el mismo Saúl fue a la ciudad cananea de Endor para consultar a una médium (1 Sam. 28:6, 7, 15; comparar con Jos. 17:11; Sal. 83:10). Le pidió que trajera al fallecido profeta Samuel, quien supuestamente ascendió en una aparición nigromántica y habló con Saúl (1 Sam. 28:13-19). El espíritu engañador, que se hacía pasar por Samuel, le dijo a Saúl:

“Mañana estaréis conmigo, tú y tus hijos” (1 Sam. 28:19). Al predecir la muerte de Saúl, ese espíritu engañador, que simplemente adoptó la forma de Samuel, reafirmó la teoría antibíblica de la inmortalidad natural del alma. Fue un engaño poderoso, y Saúl debería haberlo pensado mejor antes de participar en algo que había condenado anteriormente.

"Al predecir la perdición de Saúl por medio de la pitonisa de Endor, Satanás quería entrampar al pueblo de Israel. Esperaba que dicho pueblo llegaría a tener confianza en la pitonisa, y se vería inducido a consultarla. Así se apartaría de Dios como su consejero, y se colocaría bajo la dirección de Satanás. La seducción por medio de la cual el espiritismo atrae a las multitudes es su supuesto poder de descorrer el velo del futuro y revelar a los hombres lo que Dios ocultó. Dios nos reveló en su Palabra los grandes acontecimientos del porvenir, todo lo que es esencial que sepamos, y nos ha dado una guía segura para nuestros pies en medio de los peligros; pero Satanás quiere destruir la confianza y la fe de los hombres en Dios, dejarlos descontentos de su condición en la vida, e inducirlos a procurar el conocimiento de lo que Dios sabiamente les vedó y a menospreciar lo que les reveló en su santa Palabra (PP, 742).

Más de dos siglos después, el profeta Isaías escribió: “Y si os dijeren: Preguntad a los encantadores y a los adivinos, que susurran hablando, responded: ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos? ¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Isa. 8:19, 20; ver también Isa. 19:3).

¿Con qué frecuencia, bajo estrés, hacemos cosas que sabemos que están mal? ¿Por qué la fe, la oración y la obediencia a la Palabra de Dios son nuestra única defensa segura contra nosotros mismos?

"En esta era de degeneración Satanás domina a los que se apartan de lo recto y se aventuran sobre su terreno. Ejercita su poder sobre los tales en forma alarmante. Me fueron señaladas estas palabras: “Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, entremetiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado por su propia mente carnal”. Colosenses 2:18. Se me ha mostrado que algunos satisfacen su curiosidad y juegan con el diablo. No tienen verdadera fe en el espiritismo y retrocederían horrorizados al pensar en ser un médium. Sin embargo, se aventuran a colocarse en una posición donde Satanás puede ejercer su poder sobre ellos. Los tales no se proponen penetrar hondo en esta obra; pero no saben lo que están haciendo. Se están aventurando en el terreno del diablo, y lo están tentando a que los domine. Este poderoso destructor los considera como su presa legítima, y ejerce su poder sobre ellos contra la voluntad de los mismos. Cuando desean dominarse no pueden. Entregaron su mente a Satanás, y él no renuncia a ella, sino que los mantiene cautivos. Solo el poder de Dios puede librar al alma entrampada, en respuesta a las fervientes oraciones de sus fieles discípulos (1TI, 269, 270).

IV. LAS PERSONIFICACIONES Y OTRAS APARICIONES

Las personificaciones demoníacas de los muertos y otras apariciones demoníacas son similares a la nigromancia. Pueden tomar la forma de un familiar, un amigo o cualquier persona fallecida. Tanto la apariencia física como la voz son muy similares a las del difunto. Todos estos engaños satánicos se utilizarán para engañar a quienes no estén firmemente arraigados en la Palabra de Dios. Elena de White advierte: “Esos espíritus mentirosos representan a los apóstoles como contradiciendo lo que escribieron bajo la inspiración del Espíritu Santo durante su permanencia en la Tierra” (CS 544-545). Y además: “El acto que coronará el gran drama del engaño será que el mismo Satanás se hará pasar por Cristo” (CS 608).

Lee 2 Corintios 11:14 y 15; y Efesios 6:10 al 18. ¿Cuáles deberían ser nuestras salvaguardas contra esos engaños demoníacos?

El apóstol Pablo nos advierte que “no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efe. 6:12). Podemos estar protegidos contra estos engaños solo si nos vestimos con “toda la armadura de Dios” (Efe. 6:13), que se describe en Efesios 6:13 al 18.

Las personificaciones y las apariciones satánicas pueden ser muy alarmantes y engañosas, pero no pueden engañar a quienes Dios protege y están cimentados en la Palabra de Dios. Desde una perspectiva doctrinal, quienes creen en la doctrina bíblica de la inmortalidad condicional de los seres humanos saben que cualquier aparición o comunicación con los muertos es de origen satánico y debe rechazarse mediante la poderosa gracia de Dios. Nuevamente, no importa cuán poderosa, convincente y aparentemente real sea la manifestación, siempre debemos permanecer firmes en la enseñanza de que los muertos duermen en la tumba.

Sin embargo, imagínate que pierdes a un ser querido y luego crees que ese mismo ser querido se te aparece. Y te expresa amor. Y te dice cuánto te extraña. Y dice cosas que, sí, solo él sabía. Y dice que ahora está en un lugar mejor. Si una persona no está absolutamente cimentada en lo que la Biblia enseña sobre el estado de los muertos, piensa con qué facilidad podría caer en este engaño. Especialmente porque también quiere creerlo.

¿Qué significa ponerse “toda la armadura de Dios”? En un sentido práctico y cotidiano, ¿cómo hacemos esto en cada esfera de nuestra vida, no solo al enfrentar los engaños del tiempo del fin?

"Los mortales seducidos están adorando a los malos ángeles, creyendo que son los espíritus de sus deudos difuntos. La Palabra de Dios declara expresamente que los muertos ya no tienen parte en nada de lo que se hace debajo del sol. Los espiritistas dicen que los muertos saben todo lo que se hace debajo del sol; que se comunican con sus amigos de la tierra, que les dan valiosa información y ejecutan prodigios. “No alabarán los muertos a JAH, ni cuantos descienden al silencio; pero nosotros bendeciremos a JAH desde ahora y para siempre. Aleluya”. Salmo 115:17. Satanás transformado en ángel de luz, obra con todo engaño de injusticia. El que pudo arrebatar al Hijo de Dios, cuando fue hecho poco inferior a los ángeles, y colocado sobre el pináculo del templo, y llevado a la cumbre de una montaña altísima para presentarle los reinos del mundo, puede ejercer su poder sobre la familia humana, que en fuerza y sabiduría es muy inferior al Hijo de Dios, aun después que él hubo asumido la naturaleza humana". (1TI, 269).

La teoría de un alma inmortal que sufre eternamente en un infierno siempre en llamas contradice la enseñanza bíblica de que en el cielo nuevo y la Tierra Nueva “ya no habrá muerte, ni habrá más llanto” (Apoc. 21:4). Si fuera cierta la teoría de un infierno eterno y ardiente, entonces la “segunda muerte” no erradicaría el pecado ni a los pecadores del Universo, sino que solo los confinaría en un infierno eterno de dolor y llanto. Es más: En este caso, el Universo nunca se restauraría completamente a su perfección original. Pero ¡alabado sea el Señor, porque la Biblia pinta un cuadro completamente diferente!

Lee Isaías 25:8, y Apocalipsis 7:17 y 21:4. ¿Qué consuelo y esperanza pueden traernos estos pasajes en medio de las pruebas y el sufrimiento de este mundo actual?

La vida puede ser muy dura, injusta, cruel. El frío abrazo de la muerte violentamente nos arrebata a algunas personas muy entrañables para nosotros; otras llegan sutilmente a nuestra vida, nos roban los sentimientos y luego se van como si nada hubiera pasado. Qué terrible es ser traicionado por alguien a quien amamos y en quien confiamos.

Hay momentos en los que, con el corazón roto, hasta podemos preguntarnos si vale la pena seguir viviendo. Sin embargo, independientemente de nuestros pesares, Dios siempre está dispuesto a enjugar toda lágrima de nuestras mejillas. Pero, algunas de nuestras lágrimas más profundas seguirán fluyendo hasta ese glorioso día en que la muerte, el dolor y el llanto dejarán de existir (Apoc. 21:1–5).

Podemos confiar en que en el Juicio Final Dios tratará a cada ser humano con justicia y amor. Todos nuestros seres queridos que murieron en Cristo resucitarán de entre los muertos para estar con nosotros por toda la Eternidad. Los que no son aptos para la vida eterna finalmente dejarán de existir, sin tener que vivir en un cielo para ellos “desagradable” o en un infierno que arda eternamente. Nuestro mayor consuelo proviene de la manera justa en que Dios trata a todos. Cuando la muerte deje de existir definitivamente, los redimidos exclamarán con júbilo: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1 Cor. 15:54, 55).

El Señor prometió que, en el cielo nuevo y la Tierra Nueva que creará, “de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento” (Isa. 65:17). Esto no significa que el cielo será un lugar de amnesia, sino que el pasado no socavará el gozo perdurable del cielo.

¿Quién no ha sentido aquí los injustos estragos de la existencia humana? Especialmente en esos malos momentos, ¿cómo podemos aprender a confiar y, en lo posible, regocijarnos en la bondad y el amor de Dios?